La calle nos pide todo

La calle nos pide todo.

Lo sé cuando salgo de mi casa a marchar y a mi lado veo a una anciana, quien es el reflejo de la herida abierta por la que escurre la sangre de cada perdigón sin culpa de un uniformado. La misma herida que no sutura a falta de medicinas en los hospitales, aquella misma que se oxida esperando un año ser curada de falsas esperanzas.

La calle nos pide todo.
Nos pide el refugio de niños desamparados del cariño, ajenos al afecto. Propicios al desenfreno de coger el arma homicida entre sus manos y llevar a todos lados la punta de la nariz empolvada de la sustancia por la que olvidan la razón.

La calle nos pide todo.
Ruega porque aquella pobre joven inocente a los abusos de su padrastro quede impune a la muerte luego de abrirle las piernas a las pinzas en aquella camilla de esa casa abandonada.

La calle nos pide todo.
Que el universo se expanda un poco más en las mentes de aquellos cegados de justicia, visionarios de necedad y un poco menos en las brechas de género.

La calle nos pide que el único toque que exista sea el de los dedos de dos mujeres enamoradas sin miedo en mitad de la calle, de dos hombres amantes, de dos personas con ganas de todo, con angustia de todo.

La calle es la misma que da un paso atrás luego de señalarnos la enmarañada bola en nuestro interior, esa que esconde el noticiero de las 8 y la mujer privilegiada y los gerentes de multinacionales.

Porque la calle es consciente, vibra de la sensibilidad de sus transeúntes, grita con un timbre propio. Reclama, ansiosa, cultura en todas las esquinas, poesía en cada cuerpo, educación digna en TODAS las escuelas.

La calle nos pide el aullido, la fuerza de los débiles y, con tal de que nos escuches, nosotros estamos dispuestos a quitarnos la ropa

... y el miedo

La calle nos pide todo,
La calle no les pide nada.


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