Las escondidas

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¡Salí! 

Comienzo a buscarte por los lugares que más frecuentas;
tu pieza
la cocina
el comedor
el baño.

En ninguno de ellos te veo, 
a veces pareciera que sólo tus bromas me acompañan,
aladas revolotean hacia mí, 
me quitan este espacio,

pero no, 
tú no estás presente.

Hay veces
- muy pocas-
en las que te logró divisar de entre la blancura de las paredes,
allí en un rinconcillo. 

Sin embargo, 
y como si de un niño pequeño se tratase,
caigo en este juego de hacer como si no te hubiera visto,
pero por dentro me muero de ganas de ir y abrazarte.


Nadie nota tu verdadera presencia,
sólo tienen colgado tu nombre en la lista de aparecidos,
como si no jugaras a este juego,
como si no estuvieras con miedo de la aproximación.

Llevas las rodillas peladas cada vez que te apareces en frente,
con la cabeza agacha y los pies apresurados cambias de lugar.
Se te confunde con la lavadora de tantas vueltas
que le das a los asuntos
en la cabeza y el pecho.

De pronto te pierdo el rastro y yo misma
caigo en el vacío de la casa.
¿Cómo es que puedes estar y no a la vez?
Eres el verbo to be,
complejo de gato de Schrödinger,
la filosofía hace cuestionamientos a tu favor
y la psicología resuelve las interrogantes.

Otra vez has aparecido
pequeño,
minúsculo,
gritando desde el fondo del estómago está tu niño interior
y vuelven las ganas de tomarte de las dos manos.




Papá, no sé desde cuándo comenzaste a esconderte...


pero haz que este llanto


se libre de una vez. 




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